martes, 14 de octubre de 2014

Tú, que nunca serás princesa de nadie, ni la reina de un acogedor hogar, que nunca tendrás castillos de arena ni de alquitrán.
Tú, que preferirás el peso de la maleta al estar quieta en algún lugar, sin bandera que te arraigue ni raíz que te detenga en algún lugar.
Tú, que esconderás miedos detrás de verdades, que no te detendrás a pensar si hiciste bien en avanzar.
A ti que te dieron el amor tierno de una madre y el orgullo de un padre al verte marchar.
Tú, que preferiste antes vivir que amar.

Frías lineas.

Acontecía frío el invierno que, acechante, esperaba a que le abriesen la puerta. Secaba las gotas de agua, que derramaban sus ojos, el tenue fuego de la chimenea ya encendida y expectante. Dejaban de caer ya las últimas hojas de los árboles caducos que no le tenían miedo al desnudo de su piel. Salían las mantas ya de los armarios viejos de aquella casa, arropaban con cariño las ausencias.
Pero tan solo era otoño.
 La vida no había dado paso, todavía, a la puesta de sol. Brillaba a lo lejos una fina linea separando el cielo de la tierra, el océano del inescrutable universo. Aun acontecían tormentas precipitadas que desestabilizaban todo contexto, que no duraban eternamente, pero acobardaban al gentío -voces que su cabeza no podía acallar ni con prosa ni con verso-.
Acontecían los cambios de todas estación, esperando fortaleza y escribiendo unos pequeños versos de amor que nunca verían la luz.

Por quinta vez.

En la vida encontrarás cientos de caminos por recorrer y, por muchos de ellos, andarás tus pasos. Aquellos que se te antojen más complicados de recorrer, tiempo después, sabrás en tu interior que merecieron la pena. Merecieron la pena, pues de ellos se sale con rasguños o duros golpes que aprendes a curar con tiempo y distancia, con soledad, con mucho, con poco o con vete tu a saber cuanto.
Así fue este camino. Así lo recuerdo cuando echo la mirada cinco años atrás. Lo recuerdo con entereza y otra prespectiva, con media sonrisa que se esboza en mi cara al recordar los buenos momentos y una ligera mezcla de nostalgia y melancolía -mezcla que no seré capaz nunca de borrar-.
A quien recuerdo con más frecuencia -posiblemente más de la que os podáis imaginar- es a la persona con la que hice y deshice este camino. Persona a la que empecé a acompañar sin saber porque y que, a día de hoy, es quien me acompaña a todas partes.
De este camino me llevé unas cuantas experiencias que acontecían bastante amargas cuando se marchó. Poco puedo exponer yo aquí a sabiendas de que su madre en algún momento puede que lo lea. Si embargo, he de decir que me viene a la memoria un curioso sabor agridulce de un calvario del que yo aprendí.
Cinco años después, sonriendole al papel y pensando lo pobre que va a quedar este relato para expresar lo que la echo de menos, recuerdo todo lo bueno que me ofreciste durante este camino. Me quedo con los mejores recuerdos, con nuestras fotos, con tu fuerza, con tus sonrisas y tu caracter; pero sobre todo, me quedo con tu manera de hacerme crecer.
Gracias Bea.

lunes, 21 de octubre de 2013

Paciencia.

La paciencia como arte de aprender a soportar lo insoportable, como virtud escasa, como prueba de fidelidad y aprecio.  Habilidad que se adquiere con el tiempo, fuente de equilibrio externo y pilar fuerte construido sobre piedras. Camino que llega al respeto, la tolerancia y la estabilidad. Fuente que emana paz interior. De aprendizaje continuo. Fugaz como las estrellas del firmamento. Efímera como el humo de un plato caliente en pleno invierno. Acogedora y comprensiva. La paciencia, como virtud escasa y totalmente necesaria.
Las circunstancias tienen la capacidad de sobrepasar los límites de cualquier persona hasta llevarla a perder los nervios. Que se acumulen los problemas y las obligaciones, históricamente, se ha llamado “malas rachas”. Las “malas rachas” afectan a cualquiera, sea quien sea, de la condición que sea: les afecta a los ricos y a los pobres, a los trabajadores y a aquellos que se dejan los codos estudiando para un día poder trabajar, a familias enteras o a individuos solitarios que callejean intentando buscar algo de paz.
Si, amigos, todos intentamos buscar paz. No la paz como ausencia de guerra, que también, pero eso es una utopía que se aleja bastante de la realidad en la que vivimos. Buscamos paz interior, tranquilidad, relax. Buscamos la manera de que los problemas no sean capaces de sobrepasarnos; alternativas a la rutina, maneras de escabullirnos de la realidad.
El trabajo nos agobia, la rutina nos sumerge en un mundo monótono que nadie desea, el descontrol nos hace vulnerables, caer enfermo hace que retrasemos nuestras obligaciones y por lo tanto volvemos a agobiarnos. El agobio genera tensión y mal humor, el ambiente se carga, las relaciones se estropean y, por supuesto, llegan las peleas. La positividad es sustituida por el estrés y las cargas.
Y, entonces, llegas a un momento en el que desearías explotar, desaparecer, dejar de dar gritos inservibles a la nada. No sirve llorar, no sirve escabullirse…
Sirve escribir, relatar diariamente como me siento. Tener sensatez y agallas para seguir adelante, sonreír y responder siempre que estás bien, que la vida es maravillosa, que en todo momento nos regala algo bello que contemplar aunque no sepamos apreciarlo. Ver que, diariamente, una mariposa de colores vivos pasa por nuestra ventana y nos da los buenos días; alguien desconocido nos sonríe al cruzar alguna mirada.
Que por mucho que las “malas rachas” existan, también existen los sueños: aspectos concretos de nuestra vida a los que nunca les hemos de dar la espalda, metas que conseguiremos con esfuerzo y esfuerzos que nos traerán recompensas inesperadas.
Si, amigos, todos tenemos sueños y, en las “malas rachas”, deberíamos apostar por ellos.
Atentamente,
Alguien con el sueño de ser escritora.

miércoles, 3 de julio de 2013

DIARIO DE UNA SOÑADORA: VIII. Musicalmente hablando, los conciertos, mejor de su mano.

Siéndoos sincera, el principio de esta historia mejor se la preguntáis a él, que fue el que una aburrida mañana de domingo decidió agregarme al tuenti. Yo, sinceramente, no se deciros porque razón acepté.
Es curioso que todo esto empezase así, como un mero juego de niños pequeños. Yo tampoco lo llego a comprender del todo bien. Si quiero ponerle una fecha de inicio a todo este entresijo de casualidades me siento plenamente incapaz.
Pasábamos horas hablando en la red, mientras cada uno continuaba con su vida por su lado. ¿Qué por qué hablábamos tanto? Carezco de contestación hacia esta pregunta; lo único que se cierto es que cuadramos y surgió una bonita amistad que poco a poco se fue consolidando. Y que, a día de hoy, ha hecho de David una persona imprescindible en mi vida.
Recuerdo que por primera vez nos vimos en el salón del manga de hace más de dos años, o quizás no… Se me hace complicado ponerle fechas a algo tan extraño. Pero lo que sí es totalmente verídico es que pasé, uno de los mejores conciertos de mi vida, de su mano: Dándose lugar en Alcoy y celebrándose por sus fiestas de moros y cristianos, tuvo lugar el Sound Jordi, concierto que por supuesto no teníamos intención de perdernos, ni mis amigos, ni él. Fue una noche digna de contar, pero eso extendería demasiado este fragmento. Lo que quedó firmemente atado fue nuestro lazo.
Nos procesábamos un cariño sin límites, que estaba por encima de la distancia que nos separaba. Nos veíamos cuando podíamos, aunque fuese poco.
¿Ahora? Ahora que vivimos tan cerca, cuento los días que me quedan para verle. Hacemos mil planes juntos. Aun no hace un año que vivo en Valencia y ya nos hemos recorrido unos cuantos conciertos (incluyendo una de las mejores experiencias de mi vida: el Viña Rock 2013).
Quiero que queden aquí reafirmados mis sentimientos; aunque es difícil escribir en un diario lo que forma parte de tu presente, aquello que se pasa todo el día ocupando tu mente; y de lo que estás segura que quieres para tu futuro.

Porque esta historia empezó en conciertos. Pero, en general, mi vida, mejor de tu mano, mi vida.

miércoles, 5 de junio de 2013

Perdón.

El ser humano tiene el poder de utilizar la palabra “perdón”. Pero no servirá de nada si no la acompañas de unos actos que le otorguen valor. Un valor que servirá para enmendar el peor error que puedas imaginar. Ya que el hombre, por el mero hecho de serlo, erra sin saber lo que está haciendo. Bien sea tomando decisiones equivocadas o negándose a si mismo.
Pedir perdón es una de las hazañas más valientes que, cada cual, puede lograr. Enriquece tu vida y la llena de color, hace florecer la primavera, al dejar de lado el orgullo. Pues es este, el orgullo, el que impide el paso al perdón.
No quisiera dar a entender con esto que el orgullo sea inservible, ni mucho menos poco honrado. Hay veces que de él hay que echar mano para que no nos puedan pisar.
Pero hay otras veces, en las que sin darnos cuenta pisamos. Y es en ese mismo instante donde hemos de darnos cuenta de que el potencial del ser humano va mucho más allá del simple hecho de hacer daño.
Podemos arreglarlo, tenemos el poder de pedir perdón, utilicémoslo..