sábado, 13 de abril de 2013

DIARIO DE UNA SOÑADORA: V. Mi ángel de la guarda por excelencia.


Gracias al colegio, del que ya he hablado, conocí a una repetidora de dudosa reputación que la tutora decidió sentar a mi lado para ver si conmigo conseguía centrarse en las clases. Era mi primero de Eso, y ¿por qué conmigo? Pues supongo que porque era callada, vergonzosa, respetuosa y estudiosa. Cualidades y defectos de los que ella carecía.
No tardó mucho en tener que dejarse el colegio por una enfermedad extremadamente dura y contundente: un cáncer.
 No venía de buena familia y que yo empezase a hablar con ella no fue del agrado de la mía. Realmente este aspecto me dio igual: inventé mil excusas para no fallar ninguna vez que ella me necesitase para lo que fuera, y aquí fue donde empezó una amistad que llegó a traspasar límites de tiempo, espacio, edad y gustos; la mejor amiga que podía desear.
Podíamos hablar de todos. La admiraba de una forma sobre natural: era preciosa y muy fuerte. Fue preciosa hasta las últimas consecuencias, hasta sus últimos momentos de enfermedad.
Vivía por y para que ella estuviese lo mejor posible. Y pronto pasé de ser la que le llevaba los deberes y la ayudaba a no perder clase, a una amiga con la que hablar largas tardes de invierno o con la que pasear en verano.
Las cosas se fueron complicando con el avance imparable de su enfermedad. Y con ello, fuimos uniéndonos más y más. Por las navidades de mi segundo de ESO, decidí tener un detalle con ella: le regalé un colgante que desgraciadamente ahora llevo yo. Recuerdo su cara de sorpresa, las pocas palabras que dijo y el abrazo que me dio, sobre todo recuerdo el abrazo. Fueron unas navidades geniales en su habitación al cubierto del frio.
Me encantaba cuando la llevaba a verme entrenar los viernes por la tarde. Ese esfuerzo valía la pena, por ella todo valía la pena. Todo esfuerzo era poco.
Con ella aprendí a ser fuerte, a controlar mi carácter, a valorar y a luchar por tal regalo como es la vida y a amar de verdad, querer sin importar nada y a aceptar.
Nunca olvidaré todos y cada uno de los momentos que pasamos juntas, ni las largas esperas para que sonase el teléfono con buenas noticias después de largas operaciones, las tardes de pipas en un banco, las charlas sobre chicos en los que acababa sacándome los colores.
Los mensajes de ánimo que recibía antes de cada examen y aquellos que le enviaba yo, se lo merecía todo.
Llegó a ser ella el pilar que sostenía su casa y mi vida.
Lo tenía todo, todo era perfecto en mi vida; tenía a mi mejor amigo, a mi mejor amiga, había conocido a gente diferente y chico. Pero llegó se fatídico verano que le dio la vuelta a mi vida, fue el verano de tercero de ESO:como venía siendo normal, me saqué todas las asignaturas a la primera con buena nota, Bea teóricamente mejoraba y en cosa de un mes iba a irme de vacaciones a mi pueblo. Pues bien, acabé las clases sin tener chico, al mes de esto, mi mejor amigo dejó de hablarme y Bea empeoró, aunque me hizo creer que todo iba bien.
Justo el día que volví de vacaciones, sonó el teléfono de mi casa: era Sandra, lo recuerdo perfectamente, fue ella la que me dio la noticia, no daba crédito, no podía estar pasando.
El dolor traspasó mis entrañas, rasgándome por dentro y dejándome sangrando. Nunca pensé que alguien podía dejarme así.
Mi mundo se había desplomado, había caído al suelo de golpe.
No hubo consuelo existente, hablo enserio.
Recuerdo el dolor como si fuese un puñal que se metía poco a poco en mi corazón y me rompía, lo partía en dos. Vi llorar a tanta gente por ella, vi cómo se nos rompía el mundo a más de uno, vi el dolor en los ojos de una madre al perder a su hija. Lo vi y no volví a ser la misma.
Desde entonces, la recuerdo día a día.
Desde aquel 21 de agosto vivo esperando volverla a ver en algún momento, esperando que vuelva tal princesa como era ella.
Mi vida, después de 3 años 6 meses y unos cuantos días: Beatriz, te quiero.
Gracias por hacer de mi la mujer que ahora soy, gracias por ser la inspiración de mis escritos, gracias por el poco tiempo que nos conocimos, gracias por enseñarme el verdadero significado de la amistad, gracias por demostrarme cómo se lucha por vivir y ser feliz. Gracias Bea, gracias.

lunes, 11 de marzo de 2013

DIARIO DE UNA SOÑADORA: IV. Casualidades del inglés y nosotros tres.


Otro de los aspectos que marco toda mi vida hasta que me vine a estudiar a Valencia fue la academia de inglés donde mi abuelo se encabezonó en apuntarme. Empecé a ir, si no recuerdo mal, con 5 años. Siempre a la sombra del listo de mi primo, del que más adelante hablaré.
Llevando ya 7 años en la misma academia y, habiendo pasado ya por miles de grupos distintos, fui a parar a un grupo un tanto peculiar. Eran mayores que yo, uno, dos o incluso tres años mayores; aspecto que me imponía respeto. Poco tardamos en cuadrar como clase. Pero no voy a centrarme en la clase en general, de hecho había dos personas en dicha clase que captaron mi atención al poco tiempo de estar allí.
Eran peculiarmente diferentes al resto y, curiosa de mí, sin saber qué hacía, me acerque a ellos hasta tal punto que ahora con 18 años todavía somos amigos.
Empiezo por el espécimen más raro de la clase; amigo con el que después de muchas trifulcas, enfados y cabreos, continuo contando. Persona con la cual he ido madurando poco a poco y descubriendo que yo también era diferente al resto.
Luego estaba ese muchacho tímido de los pelos largos y monopatín. Torpe, amable y simpático. Con el que forjé una relación que aun ahora, en la distancia, se mantiene.
Cada cual aportó a mi existencia ese granito de azúcar moreno que lo distingue del azúcar normal. Ese punto de color que no todo el mundo sabe apreciar en el negro.
Piru y Kevin, fue un placer coincidir en aquella academia.
Piru descubrió una de las partes de mi vida, que más escondida llevaba, una tarde noche al salir de la academia, cuando en mis cascos sonaba Nirvana y, sin querer, empecé a cantar. Sí, evidentemente, coincidimos en gustos musicales. ¿Él? Un bala perdida; ¿yo? Una niña buena y aplicada, una muchacha que no quería llamar la atención.
A Kevin me acerqué yo, era tan tímido y reservado que conseguía llamar mi atención en todo momento. Pero sin duda alguna, si he de resaltar algún momento que nos uniese más, fue aquel día que nos tocó decorar la clase de inglés con adornos navideños que acabaron en nuestro pelo. Fueron unas risas increíbles; pensaba que nunca había reído tanto en mi vida. Fue increíble, como él: una persona increíble.
Luego, gracias a Dios o al destino o a la divina providencia; por estas casualidades que nos trae la vida, acabamos en el mismo grupo de amigos. Acabamos siendo casi inseparables. Bueno casi no, inseparables.
Dadas otras circunstancias, que no vienen al caso, Kevin se fue a vivir lejos y, sinceramente, continuo echándole de menos. Recuerdo nuestras cartas, las ganas de vernos, los planes de futuro, la camiseta de Dragon Force y su sonrisa, sobre todo, recuerdo su sonrisa: impecable, perfecta y sincera.
Y luego, gracias otra vez a lo quien quiera que teja los hilos de nuestra historia: Piru y yo continuamos juntos en esto de sobrevivir y madurar, tarea complicada y en la que, a menudo, no nos ponemos de acuerdo. Pero si algo me ha enseñado él, es que nuestra amistad es como un Fénix. Y para quien lo entienda no hacen falta más explicaciones.
Sinceramente, nuestras historia de tres, fue toda pura coincidencia. Se lo debo al destino; les debo el haberles conocido.

DIARIO DE UNA SOÑADORA: III. Que mi vida gire en torno a la música es culpa suya.


Si me tuviera que definir de alguna manera alguien que no me conoce, dadas las circunstancias en las que nos ha tocado vivir, me llamaría “perro-flauta” (nunca se me ha dado bien tocar la flauta y, a cerca de lo del perro, siempre he tenido a mi madre para recordarme que hasta que no tenga casa propia no volveré a tener perro).
Si os preguntáis por qué me definirían así, sin duda, es por mis pintas: me encanta las camisetas anchas y rotas de grupos que la mayoría desconoce. Sí, me gusta el rock y el heavy. Y a partir de esta afirmación cada cual que me defina como quiera.
He tenido contacto desde muy pequeña con esta música gracias a mi primo Raúl. Es a él al que le debo el privilegio de sentirme un tanto diferente.
Siempre nos hemos visto poco, pero mejor poco que nada, y a mí me encantaba. Nos veíamos en verano, en Albalate; la diferencia de edad era abismal, pero, aun así, me encantaba irme con él a donde quisiera llevarme. Ahora vamos mano a mano, y me encantaría que supiese cuanto lo admiro y que lo quiero tanto como se puede querer a un hermano, aunque viva lejos y sea primo tercero.
Mi primer recuerdo (el cual mi madre se encarga de recordar) fueron lágrimas: admito que de bien pequeña me dio miedo verle con esas melenas, con esas pintas que ahora yo llevo igual. Después de esto, he vivido con ganas de volverlo a ver durante todo un año hasta que llegaba el verano: hacíamos guerras de cojines, me llevaba al rio y a la piscina; ahora nos pasamos tardes enteras hablando de conciertos vistos y aquellos que queremos ver, ídolos de los escenarios, música y, sobre todo, de nuestras cosas.
Sé que puedo confiarle mi vida y no me traicionaría.

DIARIO DE UNA SOÑADORA: II. Uno de mis tres ángeles de la guarda.


Mi colegio se llamaba San Francisco de Asís. Ya solo por el nombre se vislumbra que es un colegio religioso, y así es. Las clases no eran muy numerosas y recuerdo perfectamente todos y cada uno de los tutores y profesores que fui teniendo. Pero, sobre todo, gracias al colegio conocí a dos personas que cambiarían mi vida totalmente, aspecto que yo desconocía en ese momento.
Empezaré hablando del hermano mayor que nunca tuve, el mejor amigo que una niña pequeña pueda desear, el faro que te guía en los momentos más oscuros, cuando más perdida vas. Mi mejor amigo durante mucho tiempo: Abel.
Lo conocí a final de mi primero de ESO en una acampada que organizada por los profesores y los alumnos de cuarto de ESO, dentro de los que se encontraba Abel. Recuerdo perfectamente el susto que nos dio a todos al salir de una “tumba” escavada en el suelo, en plena sierra y bien entrada la noche. Recuerdo también cuando se acercó a nuestra tienda y nos estuvo dando la noche sin parar de hablar.
Sentí muchísima pena al pensar que no iba a volver a verle, ya que él dejaba el colegio y yo era una niña pequeña y vergonzosa.
Pero nunca pasó, nunca dejamos de hablar y de ahí surgió una de las amistades más bonitas que jamás serán contadas.
Pasaba gran parte de los viernes en su casa merendando junto con él y su madre en un acogedor comedor de su piso. Su madre pasó a ser una segunda madre para mí y él, eso, el hermano mayor que nunca tuve y del que me sentía, me siento y me sentiré totalmente orgullosa.
¿Cómo lo veía? Un chico alto, guapo, mayor, responsable, maduro, atento, comprensivo, enfadica, algo rebelde y con muchísima paciencia, sobre todo conmigo. Me encantaba pasar tiempo con él. Me sentía cómoda y arropada, comprendida (aunque ni siquiera yo sabía entenderme) y querida; querida como la que más.
Admito que fue el pilar esencial de mi vida durante largo y tendido tiempo. Un tiempo en el que crecí como persona. Un tiempo que como todo momento tuvo su final. Aunque, más bien, yo lo llamaría “punto y aparte”.
Lo llamaría “punto y aparte” porque nunca llegué a aprender a vivir sin él. Me gustaba como me reñía cuando me comía las uñas (cosa que todavía sigue haciendo), sus consejos o cuando lo único que necesitaba era un abrazo y él me lo daba.
Pasó bastante tiempo hasta que volvió a reaparecer en mi vida. Un tiempo duro, en el que sentí caer mi mundo, desplomarse sin que yo pudiese hacer nada por pararlo; giraba demasiado rápido, se sucedían cambios tan drásticos, duros e irremediables que me sentí perdida. Cambios que costaron de aceptar y algunos de ellos todavía duelen.
Lo bonito es que volvió. Volvió a dar guerra y amor. Y se volvió a ir, esta vez por mi culpa, pero no me arrepiento. ¿Qué por qué no me arrepiento? Porque ha vuelto y ahora sé que no quiero que se vuelva a ir nunca. Porque ahora es diferente pero lo necesito igual y lo quiero como siempre o incluso más.

DIARIO DE UNA SOÑADORA: I. Introducción al caos.


Nací, como ya viene siendo común desde hace muchas generaciones, en el hospital más cercano a mi casa, un 10 de Agosto de 1994. La pobre de mi madre debió pasar lo suyo para tenerme, y esto es lo primero que tengo que agradecer. Mi infancia transcurrió tranquila y agradable en una casita de campo a las afueras de un pueblo no muy grande de la provincia de Alicante. Teníamos un perro, un pastor alemán precioso que se llamaba Nico, y una oca: Henrry (en algún otro momento me entretendré hablando de este aspecto tan peculiar de mi infancia).
Viví 7 años de mi vida siendo hija única, nieta única y sobrina única por ambos lados de la familia. Tuve la suerte de conocer y disfrutar de mis 4 abuelos. Y gracias a mi abuela materna tengo la suerte de haber conocido Albalate de las Nogueras (lugar del cual más adelante hablaré).
Como venía diciendo, estuve 7 años de mi vida siendo la única niña de la familia, hasta que mi hermana mediana vino al mundo en pleno Enero. Recuerdo tener muchas ganas de tener una hermanita y me pasaba las tardes contándole a mi abuela las razones por las que la quería, aunque ahora no recuerde ninguna de ellas.
Bien, después de este nacimiento se sucedieron una serie de nacimientos bastantes seguidos por parte materna: ahora mismo cuento con 2 hermanas más pequeñas, a las que quiero con locura, y 4 primos hermanos; a parte de mi primo hermano por parte paterna. Todos un encanto de renacuajos, listo, respetuosos y agradables; ¡y muy guapos!
Dado que hasta los 7 años no tuve a nadie con quien jugar, me pasaba el día dándoles la lata a mis abuelos, a mis padres o a quien me tuviese a su cargo: No dormía la siesta (aunque lo intentaban con todo su empeño), comía muy mal y les daba muchísima guerra para todas y cada una de las comidas del día. Me encantaba que jugasen conmigo, sobre todo me gustaba jugar con mi tía a inventar historias, y que me hiciesen caso. Sin embargo, cuando empezaron a llegar los peques, nunca sentí celos hacia ellos; realmente son la alegría de la casa.
Mi formación escolar empezó a los tres años, es decir, nunca fui a la guardería. Pasé la mayor parte de mi vida en ese colegio; exactamente 14 años. Supongo que es por esto por lo que guardo mis mejores y mis peores momentos allí dentro. Conocí a profesores de todo tipo (todos ellos unas grandísimas personas con una paciencia inagotable) y pasaron por mi vida todo tipo de compañeros, unos con los que me llevé mejor y otros peor; lo que viene siendo algo normal. A los 16 años, después de un viaje inolvidable a Italia, dejé el colegio para empezar el Bachillerato en otro instituto. Sinceramente, me gustaba estudiar y era buena, buena en lo que me gustaba, claro está. Nunca se me dieron bien los números, así que el primer examen que suspendí fue de matemáticas y recuerdo perfectamente como lloré al llegar a casa. Aun así, el último curso en el colegio cursé matemáticas difíciles y las aprobé con buena nota; fue todo un claro ejemplo de superación.
Empecé el instituto y con él empecé a dejar atrás una adolescencia algo turbulenta que acabaría por conformar una personalidad fuerte y algo introvertida; la que viene siendo mi personalidad.
Después de dos años de Bachillerato: soy estudiante de Filología Inglesa en la Universidad de Valencia desde hace 6 meses; vivó en un piso de estudiantes con otras tres maravillosas compañeras mayores que yo. En estos últimos meses, he conocido gente increíble que ha enriquecido mi existencia, he creado vínculos tan fuertes como los nudos de un marino y he perdido a aquellos que debía perder.
Hay pocas cosas de las que me arrepienta y aquellas de las que me arrepiento serán dichas en su debido momento. Soy de las que cree que cada cosa tiene su lugar, su momento y la compañía adecuada.

lunes, 4 de marzo de 2013

Per la teva llibertat.


Som el record oblidat d’aquells que ja no tenen veu per a defendre’s de les paraules que es llancen per a ferir. Som la continuació d’una lluita que des d’abans dels nostres avis ja es duia endavant. Estic parlant-vos d’una lluita totalment abstracta: la lluita per la llibertat.
La llibertat que ens arravaten diàriament gent conscient de que és millor un poble sotmès que un lliure i amb pensament propi. L’esclavitud dels vicis, de la pobresa que és una roda, una serp que es menja la cua.
Unes ideologies amb un camí ben marcat i definit del que no pugem eixir. Hem de ser el crit d’aquells, que cansats ja pels anys, han perdut la veu i la gana, l’ànim i l’alegria.
Som joves, som conscients i hem de ser lliures, anem on anem.

lunes, 18 de febrero de 2013

Me enamoré del viento.


Me enamoré del viento. Lo hice porque siempre quise ser libre. Siempre quise volar alto y, todo aquel que podía, me amarraba fuerte al suelo.
Sus caricias eran diferentes a las de cualquiera; podían llegar a todo el mundo, a todo aquel que quisiese dejarse enamorar.
Murmullaba en las oscuras noches de hojas caídas y en los cálidos días de sol.
Murmuraba palabras bonitas. Creaba poesía. Me gustaba escuchar su voz. Helaba mi sangre con cada estrofa de su humilde canción y mecía mis solitarios atardeceres con cariño, aprecio y amor.